Abuelo cuenta de Jagua (IX)

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Era la lechuza más grande que había visto el alférez, no podía distinguir si atacaba frenéticamente un ratón o intentaba soltarse de alguien que la asía por las patas. Sin temor se acercó, quería ver mejor; divisó en lo alto una figura humana borrosa, entonces dirigió sus pasos hacia la escalera de caracol, iba a su encuentro, pero antes de llegar al umbral, todo aquel cuerpo se le vino encima… Alguien con insomnio escuchó un golpetazo y una queja de dolor… Hasta el siguiente día el joven no habla, no come, es gran responsabilidad; el comandante decide: “Llevadlo al manicomio”. En las jornadas posteriores pesquisa entre la tropa. Recuerda que vio un grandísimo chichón en la cabeza del atolondrado alférez.

Hay una versión del hecho que lo tiene muy preocupado; resulta una disyuntiva para el informe que debe redactar a la Capitanía General en La Habana: Si usa los argumentos relacionados con la leyenda, lo pueden tildar de loco. Si declara al insano como víctima de una broma macabra, lo van a declarar incompetente para ejercer la disciplina del puesto. Ha descubierto en concreto que algunos soldados jocosos habían encontrado en la orilla un esqueleto argollado con una cadena al cuello y un pedazo de espada, que llevaron adentro todo de manera sigilosa, envuelto en un fardo azul. En complicidad con el centinela de la almena más alta lo depositaron junto a la campana la noche del incidente… El comandante no puede castigar ni poner en duda su reputación ante los superiores. Solo envía en el informe los buenos oficios del alférez y su repentina locura después de aquella noche. Los perjudiciales detalles quedan borrosos en los documentos, como en muchos otros de la historia, donde la leyenda y la realidad comprometen.

Al aborigen e histórico nombre de Jagua se le antepuso el de Fernandina, en honor al rey Fernando VII, quien dio la condición de villa en 1829; así, personajes herederos de la colonización se adueñaron de grandes extensiones de tierras y, con trabajo esclavo, crearon varias plantaciones de caña y tabaco, fundaron tenerías, gracias al ganado mayor que no pudieron llevarse los piratas. El Castillo de Jagua entró en la historia otra vez en 1762, cuando La Habana fue tomada por los ingleses.

El Escorial y la Armada española habían adquirido preciosas maderas de esta zona, después que los nobles de la corte recibieron presentes de propietarios que vivían más en La Habana que aquí. Aunque la trata estaba prohibida, los acaudalados realizaban el contrabando de esclavos por Playa Girón y los hacían caminar por días hasta su plantación. Desde un embarcadero en el río Arimao salía el azúcar de sus ingenios con destino a Europa. Fue Agustín de Santa Cruz quien llegó a poseer la mayor parte de la Fernandina: desde Caunao hasta la península de Majagua. Cuando De Clouet, el fundador de la colonia, creó el proyecto para “blanquear” esta comunidad, trajo inicialmente más de 40 familias blancas desde Burdeos, Francia. El acaudalado propietario local donó gran parte de dicha península, donde comenzó el asentamiento en 1819. Como José Cienfuegos gobernaba la Isla y actuó muy rápido para aprobar ese proyecto blanqueador, le perpetuaron el apellido a modo de agradecimiento en 1829. Así se llamó la ciudad después de tres siglos de olvido de la bella Jagua. De Clouet nombró al primer sacerdote y al médico. Don Félix Bouyón le hizo el plano y mediciones de la ciudad; sin embargo, el fundador tuvo muchas querellas con su principal donante, Santacruz, y se resistió a letrados y artistas. A pesar de todo, la educación y el arte se impusieron para la cultura y la historia de la Perla del Sur, que ya se apresta a celebrar su bicentenario.

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