22 de junio de 1941, ataque fascista a la URSS

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A las cuatro de la madrugada del 22 de junio de 1941, sin previa declaración de guerra, con alevosía, las hordas fascistas de la Alemania hitleriana que querían apoderarse del mundo, irrumpieron en suelo soviético. La literatura de la época lo recoge así:

‚ÄúLos hombres de los puestos fronterizos avanzados y las patrullas que custodiaban las fronteras occidentales de la Uni√≥n Sovi√©tica observaron en el cielo un fen√≥meno inusitado‚Ķ All√° a lo lejos, m√°s all√° de las mismas fronteras, sobre las tierras de Polonia asoladas por los nazis, en el horizonte m√°s difuso, parpadeaban unas raras estrellas‚Ķ Pronto cubrieron todo el horizonte y con ellas llegaba el creciente rugido de inn√ļmeros motores‚Ķ El sonido parec√≠a que llenaba el aire. Las coloreadas lucesitas cruzaron a todo lo largo de la invisible l√≠nea del cielo y flotaron sobre las cabezas de los guardias fonterizos. Cientos de aeronaves alemanas invadieron los cielos de la Uni√≥n Sovi√©tica‚Ķ y antes de que los angustiados vigilantes pudieran abarcar el significado cabal de ese acto criminal, sucesivos rel√°mpagos rasgaron las sombras del amanecer (‚Ķ) tierra y cielo vibraron en millas a la redonda con estr√©pito ensordecedor‚Ķ Miles de ca√Īones y morteros nazis concentrados secretamente abrieron fuego sobre la tierra rusa y lo que antes fueron l√≠mites del Estado se convirtieron, en segundos, en una inflamada l√≠nea de fuego‚Ķ‚ÄĚ.

As√≠, como lo desarrolla el primer cap√≠tulo de H√©roes de la Fortaleza de Brest, obra de Serguei Smirnov, comenz√≥ Hitler el traicionero ataque contra la URSS.¬† As√≠ comenz√≥ la Gran Guerra Patria del pueblo sovi√©tico que entreg√≥ m√°s de 20 millones de vidas ‚ÄĒno solo por metralla, sino de hambre y fr√≠o‚ÄĒ, a los anales de la ambici√≥n imperial, derrotada, como todas, cuatro a√Īos despu√©s, destino del ayer y del ma√Īana de lo indecoroso. Algo que permite el agregado, y la historia no pudo ocultar, que tuvo entonces la maldad de Winston Churchill, primer ministro ingl√©s, y Franklin D. Roosevelt, presidente norteamericano, resumida en una frase t√°ctica, de resultado bien lejos del deseo expreso: ‚ÄúDejemos que se destruyan entre s√≠, alemanes y rusos, y despu√©s intervenimos nosotros‚Ķ‚ÄĚ. Es historia de imperios, que todav√≠a apesta, y duele.

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